Jordania y la inspiración arábica

Comenzado un nuevo año, pese a lo transcurrido ya del mismo y la correspondiente vergüenza que supone el retraso de lo que sigue, no quiero dejar de desearos felicidad, viajes y salud en los próximos meses, esperando que hayáis disfrutado de unas fiestas memorables. Por mi parte disculparme por la falta desde hace ya tiempo de novedades en el blog, no valen las excusas y ya quedó moderadamente justificado en entradas precedentes. Como veis empiezo como terminé, pidiendo perdón, aunque eso sí, completándolo con el anunció de una nueva aventura que arranca en horas (me era imposible romper mi tradición, para eso aún guardo cierta dignidad).

Reencontrando y comenzando en Lusitania

Muchos pensareis que soy osado al dar vida a un nuevo viaje cuando las ascuas del anterior aún rugen y poco se ha contado sobre ellas; tenéis razón. Sin embargo, vayan una vez más mis disculpas por delante dada la falta de redacción de los últimos meses, me resisto a olvidar la tradición de practicar algo de prosa horas antes de mi partida y compartirla con todo aquel que guste de la misma. Además en esta ocasión el periplo, breve por cierto, tiene un significado demasiado especial como para dejarlo aguardando su oportunidad. Muchas son las circunstancias, tantas como ilusión por contarlas, además de una presentación anunciada de la que ya deje pistas hace meses. Comenzaré recordando.

Granada desde la Alhambra

En el Japón salvaje

La primera imagen que guardo de Japón quedó grabada a fuego en mi memoria, dado que tuve el supremo honor de que un extranjero en la tierra de los dioses fuese recibido ni más ni menos que por el mismísimo monte Fuji. Momento único en mi vida, pensé, nuestro idilio no podía tener mejor comienzo. Sin embargo, como si de un aniversario se tratara, la vida y el país del sol naciente me deparaban una nueva sorpresa.

El sabor de la primera cita volvía estar presente en el ambiente; los ingredientes bien dispuestos, mucho cansancio con algo de sueño y el astro rey ya desayunado, sin olvidar una pizca de fortuna. Faltaba poco para el aterrizaje cuándo una vez más se mostró ante mí. Perfil contundente, porte inigualable, símbolo de un país. El monte Fuji no sólo me daba la bienvenida sino que además actuaba de panacea, haciéndome olvidar el largo viaje e iluminando la ilusión latente.


Rumbo al sol naciente

Hay ciertas tradiciones que por muy atareado que se encuentro uno en la vida no es aconsejable perder; menos aún si tenemos en cuenta que esta praxis es el preludio habitual de una nueva aventura allende el “mare nostrum” con todo lo que ello implica para un viajero empedernido como servidor, enamorado del lejano oriente. Mi idilio comenzó hace dos años, cuando por fin un sueño de juventud que llevaba tiempo madurando me puso rumbo al país que tanto había deseado visitar, Japón. Aquel primer contacto no solo sentó los cimientos de un romance continental que me ha hecho regresar a Asia siempre que he tenido ocasión, sino que además cambió mi forma de entender la vida y el mundo que me rodeaba.

En esta ocasión retomo mi historia directamente desde la matriz de la que todo surgió, cumpliendo una promesa hecha en un momento de dolor que forjó un nexo aún más fuerte si cabe del existente entre los nipones y servidor. Quizás (más que probable) esta sea la razón principal de la ruta elegida para la ocasión, yendo en busca del redescubrimiento del país a través de su cara menos conocida (hablando desde el punto de vista meramente turístico), además de encarar en persona parte de las consecuencias que el fatídico seísmo de 2011 dejó en aquel lugar.


Promesas de oriente

Retomar una línea de publicación tras un periodo de pausa puede ser en verdad complicado. Probablemente lo más sencillo hubiese sido escribir sobre alguno de los muchos temas que aún están pendientes de aparecer por aquí, sin embargo, dada la trayectoria marcada con el paso del tiempo y sobre todo el carácter cercano que siempre he querido plasmar, creo que la situación precisa de algo más. El porqué de este espaciamiento podría en parte quedar justificado por el trabajo (cursos, guardias, sesiones), en parte por alguna escapadita nacional que me he permitido, en parte también por obligaciones para con la familia y, en realidad, por una circunstancia con nombre propio (sí, una nada más y por cierto maravillosa) que ha cambiado no solo mi ritmo en la escritura sino también en la vida.