¡Saru! El macaco japonés

09 diciembre 2011


Llevaba demasiado tiempo sin escribir algo sobre el viaje que dio origen a este blog. Tenía ganas de contar algo distinto, por lo que a base de pensar y rebuscar creo haber encontrado un pasaje que puede resultar ciertamente interesante sin perder el humor que englobó dicho momento.

En esta ocasión regresamos a Kioto, la vieja capital imperial. Estamos al oeste de la ciudad, en el distrito de Arashiyama, donde las aguas del río Katsura descienden marcando los límites de la urbe y las montañas ayudan a esta labor como si de muros se tratase, guardando el llano, tan preciado y escaso en el Japón, que se extiende a sus pies. Íbamos en busca de un pequeño ser que, según prometían las guías, podríamos encontrar si agudizábamos los sentidos, el macaco japonés. Pues bien, atravesamos el famoso bosque de bambú, nos adentramos por los pies de la montaña, indagamos por los templos, cruzamos algún que otro jardín y hasta pasamos por la casa de un conocido actor, pero no logramos hallar rastro. 

Parque de monos Iwatayama en Kioto
En el parque de Iwatayama con Kioto al fondo


Algo decepcionados no nos quedó otra que improvisar un nuevo plan, con lo que ni cortos ni perezosos cruzamos el río por el pintoresco puente Togetsu y nos dirigimos al parque de los monos de Iwatayama. Abonamos nuestra entrada e iniciamos el ascenso por la montaña bastante ilusionados. Cuando la lengua comenzaba a asomar por fin surgió la criatura que buscábamos. Con el gracioso andar que caracteriza a esta especie, nuestro pariente lejano, según un tal Darwin, se dirigía hacia sus compañeros, los macacos japoneses. Corrimos tras él hasta darle alcance. Estaba tumbado, jugueteando con otro mono. Me atreví a acercarme y me quede mirándolo hasta que di un brinco cuando cortésmente, mostrándome sus dientes, me indicó que le dejase tranquilo.

Parque de monos Iwatayama en Kioto
Mirando a las carpas

Alcanzamos la cima de la reserva Iwatayama, donde los monos campaban a sus anchas, acercándose a cualquiera en busca de alguna recompensa en forma de banana o cacahuete. Algunos miraban las carpas de un pequeño estanque y otros simplemente se desparasitaban o dormían la siesta. A diferencia de sus vecinos de Nagano estos no se aventuraban a darse un baño en pleno invierno, aunque es razonable teniendo en cuenta que allí no tenían aguas termales. Recuerdo como los niños, y no nos engañemos, yo también aunque en español, gritábamos al unísono ¡Saru!, ¡Mono! 

Como complemento de la visita, y punto muy destacable, quedan las magníficas vistas con las que se logra abarcar casi todo Kioto. En resumen una gran opción si sentimos interés por este gracioso animal tan popular en Japón, además de alejarnos del bullicio de la ciudad y gozar de la naturaleza.

¡Pasad buen fin de semana!



Macaco japonés en Arashiyama en Kioto
Por fin disfrutamos como niños con los monos

Monos en Arashiyama en Kioto


No hay comentarios :

Publicar un comentario