Historia y naturaleza en la reserva nacional de Paracas

19 abril 2017



Llevábamos poco más de un día en Perú desde que aterrizásemos en Lima de madrugada y hasta el momento todas nuestras expectativas se habían ido cumpliendo con creces, aunque nuestro camino no había hecho más que comenzar. Con la excitación a flor de piel iniciamos la ruta que debía guiarnos por los territorios del sur, superando montañas, valles y lagos, hasta alcanzar el corazón del antiguo imperio incaico en el valle sagrado y adentrarnos en la profundidad de la selva como telón de fondo de esta aventura. Paracas era nuestro primer destino fuera de la capital. 


Reserva nacional de Paracas


Siguiendo la costa por la carretera Panamericana (esa mítica autovía que une el continente de norte a sur y que muchos se han atrevido a retar aunque pocos lo han conseguido), el paisaje conformado por barriadas de casas de ladrillo sobre las laderas de las afueras de Lima iba dando paso a un desierto aun impregnado de los tonos grisáceos que parecían emanar de esta última. Alcanzando la ciudad de Pisco el sol apareció al fin, a poco de llegar a nuestro destino, donde nos esperaba Ricardo Hernández. En sus manos, y sobre todo en sus palabras, estaba el hacernos disfrutar y descubrir la reserva nacional de Paracas


Desierto en la reserva nacional de Paracas


Con el fin de proteger la importante diversidad de fauna y flora tanto marina como terrestre que atesora esta zona, se declaró como reserva en 1975. Viendo la belleza del lugar no es de extrañar que siglos atrás fuese el hogar de la cultura paracas (700 a. C. – 200 d. C.), estableciendo en la península una de sus principales necrópolis en las que a principios del siglo XX el arqueólogo peruano Julio C. Tello tuvo a bien descubrir los vestigios de esta civilización. En los magníficos mantos que envolvían las momias se puede ver la riqueza de vida que tenían estos territorios y la interpretación que se hizo de ella en el pasado, representándola con las formas y colores más variopintos. 


Desierto de la reserva nacional de Paracas


Poco antes de alcanzar la costa nos detenemos en mitad de la reserva. Ricardo limpia cuidadosamente la arena que cubre el suelo hasta que sobre las rocas aparecen numerosos fósiles. En otra época el terreno que tenemos bajo nuestros pies formó parte del lecho marino que, a causa de los movimientos tectónicos, terminó por emerger y formar esta península. 




Seguimos el recorrido y al fin alcanzamos la playa de Yumaque. El océano pacífico se expone ante nosotros en todo su esplendor, de un azul profundo salpicado por el vuelo de las gaviotas y el canto de los zarcillos que acompasan el romper de las olas. La tranquilidad lo inunda todo y el paso del tiempo se reduce a un pequeño lapso en la memoria. Cerca de este lugar se encuentra la famosa “catedral” o al menos lo era en el pasado, pues está formación rocosa quedo destruida en el terremoto que asoló la región en 2007. Actualmente solo los pelícanos parecen mantener la devoción.

La catedral en la reserva nacional de Paracas
Lo que queda en pie de la famosa "Catedral"

Desde aquí, siguiendo el perfil de los acantilados, continuamos hasta la playa roja, cuyo nombre de por sí es antesala de lo que uno espera encontrar. En efecto, debido al tipo de mineral que la acción del mar erosiona, la arena es de tonos rojizos, creando un singular contraste con el agua del océano; belleza en estado puro. A lo lejos, sobre un resquicio de tierra, se divisa el minúsculo pueblo de pescadores de Lagunillas, con algunas barcas aún faenando a la espera de obtener alguna captura.


Playa roja y lagunillas en Paracas


Parece que finalmente no les ha ido mal, pues aún tienen género cuando llegamos a comer. Pescado fresco, vistas al mar y un refrigerio a base de cerveza bien levanta cualquier alma. Al terminar regresamos a la ciudad. Como regalo de despedida Ricardo nos narra la historia de cómo surgieron los colores de la bandera nacional que ideó José de San Martín. En 1820, durante la guerra de independencia de Perú, el general observó como las parihuanas (flamencos andinos) volaban sobre su escuadra mientras desembarcaba en la bahía de Paracas. Se dice que los colores de sus alas, rojo, y el de su vientre, blanco, le sirvieron de inspiración para representar el sentimiento de libertad que tanto anhelaba.


Pelicanos en el pueblo de lagunillas en paracas

Cautivados por los relatos de Ricardo junto con la magnificencia natural de la que acabamos de disfrutar finaliza nuestro recorrido por la reserva nacional de Paracas. Al mirar hacia la península es fácil imaginar porqué durante siglos ha cautivado a todos los que han habitado este lugar. Nosotros no somos una excepción, pues nos hemos dejado atrapar por él como ya les ocurriera a otros en el pasado.


Playa Roja en la reserva nacional de Paracas


Reserva nacional de Paracas

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